sábado, 29 de noviembre de 2014

POEMA DE SAN JUAN PABLO II











La poesía es la música del alma hecha caracteres.

San Juan Pablo II.





LA CANTERA

I

EL MATERIAL

1.
Escucha el ruido de los martillos y su cadencia
monótona;
lo hago resonar en los hombres
para medir la fuerza de los golpes.
Escucha la corriente eléctrica
que se distiende como un río de piedra.
Un pensamiento se afirma en mí con mayor fuerza:
la grandeza del trabajo está en el hombre.

A la mano dura, agrietada,
el martillo de algún modo la refuerza
y en la piedra se resuelve de otra forma el pensamiento
cuando la energía del hombre,
separándose de la fuerza de la piedra,
parte, en el sitio preciso, la arteria plena de sangre.

Mira, como el amor se alimenta
de una cólera profunda.
Ella se desliza en el aliento de los hombres,
como río movido por el viento.
Río inefable, que rompe las más duras cuerdas vocales.

Y los transeúntes huyen a refugiarse tras las puertas
y algunos susurra con respeto: “¡Cuánta fuerza hay en
    ello!”
No temáis. Las cosas humanas tienen amplias riberas.
No se les puede contener por largo tiempo
dentro de un canal angosto.
No temáis. Todas esas cosas desde hace siglos
están en Aquel que se revela
a través del ruido igual de los martillos.

2.
Bloques de piedra unidos: el hilo de baja tensión
corta profundamente su carne, como látigo invisible.
Las piedras conocen ya esa violencia
Cuando un soplo intangible talla
su tan antigua cohesión,
arrancándolas a su eternidad elemental,
las piedras saben ya de esa violencia.
Sin embargo la corriente sola no abolería su potencia,
sin aquel que tiene esta fuerza entre sus manos:
el obrero.

3.
Las manos son el paisaje del corazón.
Pero a veces se parten en pedazos
con barrancos cavados por una fuerza imprecisa.
Esas manos el hombre no las abre de nuevo
sino hasta que se hayan cansado de trabajar.
Y las mira: gracias a él irán en paz hacia otros hombres.
Las manos son un paisaje. Cuando se parten,
la pena mana de sus llagas, como un torrente liberado.
Pero el hombre no piensa en el dolor.
El dolor no tiene grandeza por sí mismo,
y su verdadera dignidad, no puede él definirla.

4.
No, no son sólo las manos
Las que asestan el golpe del martillo,
ni el torso henchido, ni los músculos tensos,
sino el pensamiento quien modela su obra,
profundo, y que se anuda en arrugas sobre la frente
y une hombros y venas sobre la cabeza
como una bóveda de ojivas.

5.
Así, por un instante, se convierte él en edificio gótico,
que atraviesa la vertical del pensamiento y de los ojos.
Y se vuelve no solamente un perfil,
no sólo una simple silueta entre la piedra y Dios,
condenado a la grandeza y al error.


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